Escribir al autor: Pedro N. Rueda G.
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MISA -> Nuestra actitud en la misa

Sinopsis: En la misa estamos en presencia de Dios, no de hombres, por eso debemos ser concientes del deber de respeto que se nos demanda pues en realidad se trata del Cielo, por eso en el Santo, por ejemplo, cantamos con los ángeles.

Ult. Rev. 30 de Marzo de 2007

¿Te has puesto a pensar en tu actitud durante la misa? Estás con Jesucristo y El te está viendo. ¿Estás aburrido? ¿Es que te aburre el cielo? "sirvamos a Dios como él desea, con amor y de verdad, pues nuestro Dios es fuego devorador" se lee en Hb 12, 28. ¿Estás entonces mostrando tu amor y tu verdad? El papa, en su reciente exhortación apostólica Sacramentum caritatis habla de la "Actuosa participatio" (Auténtica participación) así:

"52. El Concilio Vaticano II puso un énfasis particular en la participación activa, plena y fructuosa de todo el Pueblo de Dios en la celebración eucarística. Ciertamente, la renovación llevada a cabo en estos años ha favorecido notables progresos en la dirección deseada por los Padres conciliares. Pero no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana. Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística « como espectadores mudos o extraños », sino a participar « consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada ». El Concilio prosigue la reflexión: los fieles, « instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí »" (Sacramentum caritatis)

Fíjate lo que hace el autor del Apocalipsis cuando -años después de la muerte de Nuestro Señor, lo encuentra en las visiones que describe en ese libro: "Al verlo caí como muerto a sus pies..." (Ap 1, 17) Eso significa reverencia mayúscula, pues Dios es "santo, santo, santo" (Ap 4, 8; Isaías 6, 2-3), o sea total y plenamente Santo (por eso se aplica el adjetivo tres veces). ¿Pero tú, hermano, cuando te encuentras con Dios en la misa qué haces? ¿Estás pendiente de tu celular¿ ¿Estás pensando en el partido de fútbol que te estás perdiendo? Debes presentarte ante Dios con la mayor reverencia posible, concientes de que la reverencia que El se merece supera nuestras fuerzas y entendimiento. Fíjate lo que ocurrió con los hijos de Aarón:

"Nadab y Abihú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, pusieron fuego en ellos y, sobre este fuego, incienso que ofrecieron a Yavé. Pero este fuego no correspondía a sus órdenes. Y en eso, un fuego salió de la presencia de Yavé que los devoró, y murieron allí delante de Yavé." (Lv 10, 1-2)

¿Qué debemos hacer nosotros? Aprender a ofrecernos, como dice el Papa. Uno de los caminos a la reverencia correcta y la auténtica participación es el corazón limpio (Mt 5, 8; Mt 6, 21). Dijo Jesús:

"Pero llega la hora, y ya estamos en ella, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Entonces serán verdaderos adoradores del Padre, tal como él mismo los quiere. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad." (Jn 4, 23-24)

¿No ves que los ángeles en el cielo están permanentemente rindiendo reverencia a Nuestro Señor (Ap 5, 11)? Pero los ángeles no están solos, también les acompañan aquellos que ya partieron, y nosotros los que estamos aquí en la tierra (Ap 5, 11-13). Este es uno de los aspectos del termino "comunión de los santos" de que trata el Credo, y que recitamos cada domingo al final de la liturgia de la Palabra. Ese término es explicado así en el Compendio del Catecismo:

"194. ¿Qué significa la expresión «comunión de los santos»?

946-953

960

La expresión «comunión de los santos» indica, ante todo, la común participación de todos los miembros de la Iglesia en las cosas santas (sancta): la fe, los sacramentos, en particular en la Eucaristía, los carismas y otros dones espirituales. En la raíz de la comunión está la caridad que «no busca su propio interés» (1 Co 13, 5), sino que impulsa a los fieles a «poner todo en común» (Hch 4, 32), incluso los propios bienes materiales, para el servicio de los más pobres.

195. ¿Qué otra significación tiene la expresión «comunión de los santos»?

954-959

961-962

La expresión «comunión de los santos» designa también la comunión entre las personas santas (sancti), es decir, entre quienes por la gracia están unidos a Cristo muerto y resucitado. Unos viven aún peregrinos en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican, ayudados también por nuestras plegarias; otros, finalmente, gozan ya de la gloria de Dios e interceden por nosotros. Todos juntos forman en Cristo una sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad. " (CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA Compendio; clic aquí para ver el texto en extenso el Catecismo)

Desde luego, la auténtica participación implica también estar atentos a lo que ocurre en el desarrollo de la Eucaristía. ¿Estás atento a las lecturas, a la Palabra de Dios y a ponerla en práctica? Quien asista a la Eucaristía diariamente durante tres años, habrá escuchado todo el Nuevo Testamento y casi todo el Antiguo, ninguna otra iglesia hace lo mismo. "Ojalá pudieran hoy oír su voz." dice el mismo Salmo 95, y Jesús nos advierte: “¡Felices, pues, los que escuchan la palabra de Dios y la observan!” (Lc 11, 28).

No es de extrañar que el actual Papa, Benedicto XVI, esté insistiendo tanto en que los católicos aprendamos lo que es la Eucaristía, a la cual llama "Sacramento de la caridad" en su exhortación apostólica "SACRAMENTUM CARITATIS", documento absolutamente imprescindible en el camino para entender qué es la Eucaristía. Dice también el Santo Padre, para llamar la atención sobre la construcción de comunidad cristiana a partir de ese sacramento:

"14. Por el Sacramento eucarístico Jesús incorpora a los fieles a su propia « hora »; de este modo nos muestra la unión que ha querido establecer entre Él y nosotros, entre su persona y la Iglesia. En efecto, Cristo mismo, en el sacrificio de la cruz, ha engendrado a la Iglesia como su esposa y su cuerpo. Los Padres de la Iglesia han meditado mucho sobre la relación entre el origen de Eva del costado de Adán mientras dormía (cf. Gn 2,21-23) y de la nueva Eva, la Iglesia, del costado abierto de Cristo, sumido en el sueño de la muerte: del costado traspasado, dice Juan, salió sangre y agua (cf. Jn 19,34), símbolo de los sacramentos. Contemplar « al que atravesaron » (Jn 19,37) nos lleva a considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la Iglesia. En efecto, la Iglesia « vive de la Eucaristía ». Ya que en ella se hace presente el sacrificio redentor de Cristo, se tiene que reconocer ante todo que « hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia ». La Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz. La posibilidad que tiene la Iglesia de « hacer » la Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le ha hecho de sí mismo. Descubrimos también aquí un aspecto elocuente de la fórmula de san Juan: « Él nos ha amado primero » (1Jn 4,19). Así, también nosotros confesamos en cada celebración la primacía del don de Cristo. En definitiva, el influjo causal de la Eucaristía en el origen de la Iglesia revela la precedencia no sólo cronológica sino también ontológica del habernos « amado primero ». Él es quien eternamente nos ama primero. " (Sacramentum Caritatis, "Eucaristía e Iglesia")

Terminemos este pequeño comentario con las palabras del anterior papa en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia ("La Iglesia vive de la Eucaristía"), para tener presente uno de los más delicados aspectos de la participación en la Misa: el hecho de comulgar.

"La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia: « Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa » (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: « También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo ».

Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: « Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar ». Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, « debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal ».

37. La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: « En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! » (2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico.

El juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado, tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento externo grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que « obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave ». " (Encíclica ECCLESIA DE EUCHARISTIA)

Asistir a misa no puede ser entonces un acto mecánico. Sin duda, ha faltado más instrucción de fondo al respecto por parte de los pastores de la Iglesia Católica, pero igual nosotros tenemos el deber de buscar las cosas de Dios, tal como recuerda Dios a través del profeta Oseas: "Porque me gusta más el amor que los sacrificios, y el conocimiento de Dios, más que víctimas consumidas por el fuego" (Os 6, 6).


Lecturas complementarias:

"Posturas y Gestos Corporales en La Misa" (documento de la Iglesia de Estados Unidos)

Acerca de la participación de los laicos en la misa

"Instrucción Redemptionis Sacramentum sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía"

En inglés:

Preguntas sobre "Liturgy and Sacred Music" en EWTN.COM

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