Escribir al autor: Pedro N. Rueda G.
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VIDA-> El regreso del becerro de oro

El episodio del becerro de oro se repite hoy mismo, y no solamente por el avance de la idolatría, sino porque representa el moderno afán por adorar a un dios a nuestro gusto y de nuestra manera, sin hacer verdadera adoración al Dios único

Rev. Sep 12 de 2010

Acababa Moisés de recibir las tablas de la ley en el monte Sinaí, cuando se encontró con una desagradable sorpresa: ante su demora en regresar de la montaña, el pueblo se había hecho un becerro de oro para adorarlo. Dios le dice que baje porque el pueblo se ha pervertido (en hebreo, se emplea el mismo término que aparece en Gn 6 para describir cómo estaba la tierra, justo antes del diluvio).

El episodio está relatado en el capítulo 32 del libro del Exodo, y tiene muchos detalles que con frecuencia pasamos por alto. Hay que recordar, para empezar, que los israelitas fueron sacados de Egipto para adorar a Dios, no simplemente para escapar del yugo de faraón:

"Moisés dijo a Dios: “¿Quién soy yo para ir donde Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?” Dios respondió: “Yo estoy contigo, y ésta será para ti la señal de que yo te he enviado: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, ustedes vendrán a este cerro y me darán culto aquí.”" (Ex 3, 11-12)

Esa instrucción fue dada en el monte Sinaí. Luego de la salida de Egipto, y en camino a la tierra prometida, los israelitas llegaron allí y, en las circunstancias que narra Exodo 32, dieron culto a algo bien distinto. ¿Pero a qué? Parece que suponían que, a pesar de todo, estaban adorando a Yavé (Ex 32, 5), incluso ofrecieron ofrendas de paz y sacrificios incluso de comunión, pero al final se dedicaron a comer, beber y desordenarse hasta sexualmente (1 Co 10, 7). Esa imagen elaborada por Aarón, a la que adoraron los israelitas, correspondía a una deidad pagana, y pretendía desplazar como guía al Arca de la Alianza, con ello mostraron los israelitas que no les interesaba el verdadero culto, sino reemplazar este con uno creado a gusto de aquellos que realmente no aman a Dios. Y eso que habían visto los prodigios realizados por Dios para liberarlos de la esclavitud. En otras palabras, alegaban adorar a Dios, pero en realidad eran idólatras a quienes no les interesaba seguir las reglas del Altísimo, como recuerda el salmo 106, con lo cual intencionalmente infringieron el mandamiento de no tener otros dioses (Ex 20, 3), quebrantando a fondo su relación con el Señor.

Los israelitas sabían que habían llegado al monte Sión (llamado también Horeb), pero se negaron a esperar las intrucciones de Dios relativas al culto, y se inventaron unas a su gusto; en ocasiones posteriores incluso creerán dar culto a Yavé en sitios que este no ha autorizado, siendo que ello no dependía de la voluntad humana, como expresamente consta en el libro de la ley:

"Tengan cuidado de no ofrecer holocausto en cualquier lugar; sólo en el lugar elegido por Yavé en una de tus tribus podrás ofrecer tus holocaustos y sólo allí harás todo lo que ordeno." (Dt 12, 13; ver también Ex 20, 24).

O lo que es peor. Mezclarán paganismo en sus cultos. Ese problema se repetirá con frecuencia en el Antiguo Testamento, el cual incluye una evidente lucha por purificar el culto de elementos extraños. De hecho, serán la idolatrá y sus múltiples manifestaciones la causa de la caída del pueblo elegido en manos de invasores extranjeros, tal como profetizaría Jualá (Juldá o Hulda, según la traducción), cuando el rey Josías mandó a consultar a Yavé luego de hallarse en el templo de Jerusalén el libro del Deuteronomio, oculto desde de las persecuciones dell idólatra rey Manasés:

"Entonces el sacerdote Helquías, Ajigam, Acbor, Safán y Asaías fueron donde la profetisa Jualá, que era esposa de Salum, hijo de Ticva, hijo de Jarjas, el custodio de la ropería, y que vivía en el barrio nuevo de Jerusalén. Cuando la pusieron al tanto de lo sucedido, les respondió: “Esto dice Yavé, Dios de Israel: Transmítan al hombre que los mandó donde mí  esta palabra de Yavé: “Haré que caigan sobre este lugar y sobre sus habitantes todas las desgracias anunciadas en el libro que leyó el rey de Judá. Porque me abandonaron y ofrecieron incienso a otros dioses. Provocaron mi cólera con su conducta, por eso mi cólera en contra de este lugar será como un fuego que no se apaga." (2 Re 22, 14-17)

Ese becerro ('egel) que construyó Aarón, era también el símbolo de una deidad cananea bien conocida: Baal, un dios pagano relacionado con la inmoralidad sexual (Lv 17, 7). Cuando Jeroboam quiere apartar a los creyentes del templo de Jerusalén, construye dos becerros de oro (en realidad, dos pedestales con estas figuras), y la masa confundida va en procesión a ellos (1 Re 12, 28-30). En la actualidad, estamos ante un mundo lleno de becerros de oro, cuyos adoradores proclaman de labios para afuera a Dios, pero que en realidad aman la perversidad de su vida inmoral y quieren con ellos apartarnos del camino hacia la salvación. Son tiempos difíciles que requieren arrepentimiento, no alejamiento de Dios para sumirse en lo pasajero, pues el precio de tal conducta es alto, como recordará el libro de Isaías:

"El Señor Yavé de los ejércitos los invitaba aquel día a llorar y lamentar sus pecados, a cortarse el pelo y a vestirse con un saco.  Pero prefirieron reír y divertirse. Mataron bueyes y degollaron ovejas, comieron carne y bebieron vino: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos.” Ahora bien, Yavé de los ejércitos me ha comunicado esto: “Esta falta sólo será pagada por su muerte.” " (Is 22, 12-14)

Veamos otra traducción del último versículo para aclarar su alcance:

"Y el Señor todopoderoso se me apareció y me aseguró al oído: “No voy a perdonarles este pecado; antes de eso morirán ustedes.” Son palabras del Señor todopoderoso" (Dios habla hoy)

Que cada uno se examine para asegurarse de que el regreso del becerro no lo atrape. Hay oro en la superficie, pero adentro está lo peor.

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